miércoles, 12 de abril de 2017

LOS FRUTOS QUE PODEMOS OBTENER DE LA MEDITACIÓN EN LA CRUZ Y EN LAS VIRTUDES DE JESUCRISTO


Crucifixión de Guido Da Siena pintado hacia 1270. 



P. Lorenzo Scupoli – Combate espiritual


Lo primero que podemos obtener al meditar en la cruz y en las virtudes de nuestro Salvadores un profundo arrepentimiento de nuestros pecados que fueron los que ocasionaron su Pasión y su Muerte, un deseo grande de desagraviarlo por las ofensas que le hemos hecho y un esfuerzo continuo por conseguir la conversión de los pecadores.

Lo segundo que debemos hacer al meditar en la pasión y cruz del Redentor es pedirle confiadamente perdón de todas nuestras faltas, convencidos de que fue por obtenernos el perdón que sufrió tan atroces tormentos. Al recordarlos deberíamos sentir un verdadero odio y asco hacia nuestras maldades, y un gran amor hacia quien tanto ha sufrido por salvarnos.

Lo tercero debe ser esforzarnos con toda la voluntad en alejar del corazón y sofocar en nuestra vida las indebidas inclinaciones que nos llevan al pecado. Lo cuarto que nos propongamos imitar las admirables virtudes de Jesús, el cual según dice san Pedro "sufrió por nosotros, dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas" (1P 2, 21).


UN MODO PRÁCTICO PARA HACER CON FRUTO ESTA
MEDITACIÓN


Recordemos un método que produce buenos frutos cuando se hace la meditación acerca de este tema tan importante. Consiste en cuatro puntos:

1o Pensar en lo que hacía Jesucristo mirando hacia el Padre Dios mientras sufría.

2o Meditar en lo que hacía el Padre Dios mientras su Hijo padecía en la cruz.

3o Pensar en lo que sentía Jesús hacia nosotros mientras padecía su Sagrada Pasión.

4° Meditar en lo que nosotros debemos hacer por el que tanto sufrió por salvarnos.

1o. Jesús, mientras sufría en la cruz elevar su mente hacía su Padre, hacia la Divinidad infinita de quien dijo el profeta Isaías:

"Todas las naciones son ante él como una gótica de agua, y las islas más grandes parecen un granito de polvo, y toda la tierra es como nada ante Él" (/s 40, 17) y le ofrecía a la santidad de Dios todos sus padecimientos en el desagravio por las infidelidades, las injurias y los desprecios de todas las creaturas humanas y le daba gracias por sus infinitos favores y pedía que a los humanos concediera la gracia de lograr agradar al Creador y obedecerle.

2° El Padre Dios desde el cielo miraba con gran satisfacción el amor inmenso de su Hijo, que se ofrecía con tan enorme generosidad para pagar ante la Justicia Divina los pecados de todos los descendientes de Adán. El Libro de Génesis dice que Dios al contemplar desde el cielo la gran maldad de la gente "se arrepintió de haber creado a los seres humanos" (Gn 6, 6). Pero después al ver en la cruz ofrecerse con tan infinito cariño para pagar las maldades de toda la humanidad, el Padre Dios sintió verdadera alegría de haber creado a la a creatura humana, porque en éste su Hijo Preferido encontraba todas sus complacencias y abrió Dios de nuevo las Puertas del Paraíso Eterno que estaban cerradas desde que Adán y Eva se revolucionaron contra su Creador, y en adelante por parte de Dios ya no hay impedimento alguno para que sus hijos de la tierra vayamos a su gozo del cielo. Basta que queramos ir y que cumplamos su santa ley, pues por su parte, con el sacrificio de Cristo ha quedado totalmente aplacada la Justicia Divina y amistado el Creador con sus creaturas tan débiles y rebeldes.

3o Imaginemos qué sentía Jesús hacia nosotros mientras sufría su martirio en la Sagrada Pasión. Nos veía tan débiles, tan mal inclinados, tan atrozmente atacados por el mundo, el demonio y las pasiones de la carne, tan espantosamente inclinados hacia el mal desde que nuestros primeros padres perdieron la amistad de Dios en el Paraíso Terrenal. Veía los grandes peligros de condenarnos que íbamos a tener siempre. Observaba claramente la espantosa fealdad de nuestros pecados y la gravedad de nuestras faltas. Sabía perfectamente que "Dios perdona pero no deja sin sanción ninguna falta" (Ex 34, 7) y que por tanto las consecuencias de cada pecado son dolorosas y dañinas. Y comprendía también que sin la ayuda del poder divino somos totalmente incapaces de convertirnos y de mantenernos en la amistad con Dios. Por eso durante su Sagrada Pasión oraba por nosotros. Pedía perdón por todas las culpas de los pecadores y borraba con su Santísima Sangre la sentencia de condenación que deberíamos haber recibido por los pecados. San Pablo dice en bellísima comparación que: "Jesús tomó la factura de nuestros pecados y de nuestras deudas para con Dios, la lavó con su sangre y la colgó en la cruz como algo ya cancelado" (Col 2, 14). Durante su Pasión estuvo orando por nosotros los pecadores. ¡Bendito sea!

4o Pensemos ahora qué debemos hacer por el que tanto sufrió por salvarnos. Amor con amor se paga. ¿Qué será lo que Jesucristo quiere que ofrezcamos en respuesta a todo lo que sufrió por redimirnos? ¿Será que aceptamos con alegría y con paciencia la cruz de sufrimientos que Dios permite que nos llegue cada día y así le ayude a salvar pecadores, y disminuyamos las penas que nos esperan para el purgatorio? ¿Será que luchemos un poco más por evitar esos pecados que tanto desagradan a la Divinidad? ¿Será que nos sacrifiquemos más generosamente por los demás, a imitación del Salvador que dio su vida por redimirnos? Consideremos la cruz de Jesús como un libro abierto en el cual debemos leer y aprender todos los días de nuestra vida. En la vida de san Francisco de Asís se cuenta que ya moribundo decía: "Tráiganme mi libro". Le llevaron varios libros más, pero él ya ciego los rechazaba. Al fin le acercaron su crucifijo, y entonces llenándolo de besos en sus manos, en sus pies, en sus heridas del costado y en su corona de espinas, repetía gozoso: "En este libro aprendí a amar a mi Redentor". Y murió diciendo al Salvador que lo amaba con todo su corazón. Miremos a Cristo clavado en la cruz y recordemos cuánto nos ha amado, y en cambio digámosle muchas veces: "Te amo Jesús. Señor Tú sabes que te amo. Oh buen Jesús: que te ame mucho más. Que todos te amemos siempre más y más".

Peligro. Puede suceder que nos ocupemos durante buenos ratos en meditar en lo que Jesús sufrió en la cruz, y el modo como sufrió, pero que después cuando nos lleguen penas, sufrimientos y contradicciones, nos dediquemos a renegar y maldecir, como si no hubiéramos jamás pensado en la cruz del Salvador. Entonces nos sucedería como a aquellos militares que ante sus jefes juran y prometen defender la bandera de la patria, pero apenas aparece el enemigo a atacarlos, salen huyendo y abandonan el campo de batalla. Qué triste sería que después de haber contemplado en la cruz de Cristo, como en un espejo, el modo como debemos sufrir, después cuando se nos presente la ocasión de padecer algo, se nos olvide todo y en vez de imitar al Salvador nos dejemos dominar por la impaciencia y el desánimo. A Jesús crucificado pidámosle que nos conceda la gracia de saber sufrir con paciencia y valor como sufrió Él por la salvación del mundo.