viernes, 10 de marzo de 2017

ALIPIO EN EL CIRCO DE ROMA O UNA LECCIÓN PARA LA FSSPX ACUERDISTA


Circo romano en el Vaticano. Un espectáculo obsceno, inmoral, propio de Calígula, ante los ojos de Francisco y sus colaboradores en la destrucción de la Iglesia. La Neo-FSSPX será otro espectáculo para los impíos.



La Fraternidad San Pío X, como el presuntuoso amigo de Agustín de Hipona, se apresta a integrarse a la iglesia conciliar en Roma. Se estudian los detalles finales en la negociación.

Como en la antigüedad pagana, hoy Roma ha vuelto al paganismo, como puede verse en el circo que habitualmente se ofrece en espectáculo a quien hace las veces de emperador, hoy llamado Francisco. Pudo verse recientemente un diabólico acto circense francamente degenerado, ante los ojos lascivos de los cardenales y frente al Papa mismo, al parecer complacido por el bochorno e impúdico exhibicionismo. Un espectáculo diabólico que no debe ser mirado y que el pudor impide reproducir en sus imágenes.

Nos preguntamos, ¿creerá la Fraternidad que una vez en Roma, podrá cerrar los ojos, como presumió de hacer el buen Alipio, para no enterarse ni complacerse en estas cosas y tantísimas escandalosas que la iglesia conciliar vierte de continuo?  El relato de San Agustín les sirva de advertencia para no entrar donde no le conviene estar, y preservarse así de la corrupción que infesta la iglesia conciliar.


“No queriendo [Alipio] dejar la carrera del mundo, tan decantada por sus padres, había ido delante de mí a Roma a estudiar Derecho, donde se dejó arrebatar de nuevo, de modo increíble y con increíble afición, a los espectáculos de gladiadores.
Porque aunque aborreciese y detestase semejantes juegos, cierto día, como topase por casualidad con unos amigos y condiscípulos suyos que venían de comer, no obstante negarse enérgicamente y resistirse a ello, fue arrastrado por ellos con amigable violencia al anfiteatro y en unos días en que se celebraban crueles y funestos juegos.
Él les decía: «Aunque arrastréis a aquel lugar mi cuerpo y le retengáis allí, ¿podréis acaso obligar a mi alma y a mis ojos a que mire tales espectáculos? Estaré allí como si no estuviera, y así triunfaré de ellos y de vosotros.» Pero éstos, no haciendo caso de tales palabras, le llevaron consigo, tal vez deseando averiguar si podría o no cumplir su dicho.
Cuando llegaron y se colocaron en los sitios que pudieron, todo el anfiteatro hervía ya en cruelísimos deleites, pero Alipio, habiendo cerrado las puertas de sus ojos, prohibió a su alma salir de sí a ver tanta maldad. ¡Y pluguiera a Dios que hubiera cerrado también los oídos! Porque en un lance de la lucha fue tan grande y vehemente la gritería de la turba, que, vencido de la curiosidad y creyéndose suficientemente fuerte para despreciar y vencer lo que viera, fuese lo que fuese, abrió los ojos y fue herido en el alma con una herida más grave que la que recibió el gladiador en el cuerpo a quien había deseado ver; y cayó más miserablemente que éste, cuya caída había causado aquella gritería, la cual, entrando por sus oídos, abrió sus ojos para que hubiese por donde herir y derribar a aquella alma más presuntuosa que fuerte, y así presumiese en adelante menos de sí, debiendo sólo confiar en ti. Porque tan pronto como vio aquella sangre, bebió con ella la crueldad y no apartó la vista de ella, sino que la fijó con detención, con lo que se enfurecía sin saberlo, y se deleitaba con el crimen de la lucha, y se embriagaba con tan sangriento placer.
Ya no era el mismo que había venido, sino uno de tantos de la turba, con los que se había mezclado, y verdadero compañero de los que le habían llevado allí.
¿Qué más? Contempló el espectáculo, voceó y se enardeció, y fue atacado de la locura, que había de estimularle a volver no sólo con los que primeramente le habían llevado, sino aparte y arrastrando a otros consigo. Pero tú te dignaste, Señor, sacarle de este estado con mano poderosa y misericordiosísima, enseñándole a no presumir de sí y a confiar de ti, aunque esto fue mucho tiempo después”.

“Confesiones”, de San Agustín, Libro VI, Capítulo VIII.