miércoles, 25 de junio de 2014

CÓMO RECONOCER A UN LIBERAL



Monseñor “Pero”.


Visto y considerando el presente de la FSSPX, podemos afirmar que la de aprender a reconocer a aquellos que entre la grey católica llevan en sí el germen liberal es una asignatura desaprobada por la gran mayoría de quienes pertenecen a sus filas. De otro modo no podría haber avanzado hasta donde llegó la facción liberal o acuerdista que hoy sigue pidiendo la tolerancia o "reconocimiento" a los modernistas romanos. Que a estas alturas experimentados sacerdotes sean incapaces de reconocer, tras siete horas de escuchar una conferencia o leer multitud de cartas y escritos, a un Superior General que es un liberal, habla a las claras de una falta de vigilancia gravísima, ya sea por falta de formación, por exceso de confianza, por desinterés o por falta de amor a la verdad y una obediencia muy mal entendida. Negligencia que hoy lleva comprometida la existencia misma de la congregación, al parecer condenada a su total hundimiento. Lo cierto es que ese espíritu liberal, que muchas veces aparece muy sutilmente, no lleva en sí una tarjeta de presentación, pero sí deja ver la hebra de su disfraz o el olor de su podredumbre. Es grave responsabilidad de los sacerdotes formarse al respecto y mantener despierto al rebaño de Cristo que apacienta.

Inmutable como el vaivén de las mareas, el doble lenguaje de Mons. Fellay vuelve en cada nueva carta, entrevista o sermón, a descolocar a los incautos mientras confirma a quienes ya conocen su juego liberal el descaro con que pretende urdir un rechazo tradicional al modernismo, cuando ayer nomás execraba a los que osaban condenar a éste con absoluta firmeza.

Esta estrategia conciliadora con Roma requiere una táctica Semi-acuerdista que se sustenta en un estilo de comunicación, cada vez más dirigido unívocamente desde Menzingen para que no haya un disenso en la forma y en el fondo del mensaje. El Padre Félix Sardá y Salvany ha hablado mucho y bien acerca de esto, y con él nos vamos a ayudar para ver más en detalle cómo descubrir a estos perniciosísimos enemigos de la verdad.

Explica en su indispensable “El liberalismo es pecado” el Padre Sardá y Salvany, que “todo error claramente formulado en la sociedad cristiana tuvo en torno de sí otra como atmósfera del mismo error, pero menos denso y más tenue y mitigado. El Arrianismo tuvo su Semi-arrianismo; el Pelagianismo su Semi-pelagianismo; el Luteranismo feroz su Jansenismo, que no fue más que un Luteranismo moderado. Así, en la época presente el Liberalismo radical tiene en torno de sí su correspondiente Semi-liberalismo” (Cap. VIII).

Del mismo modo y en nuestros días, así como ha habido un Acuerdismo con la Roma modernista de parte de Campos y otros grupos de la tradición (algunos desprendimientos de la misma FSSPX) que se movieron con total determinación hacia la iglesia conciliar, existe un Semi-acuerdismo o Acuerdismo mitigado, que hoy bajo el nombre de “Reconocimiento” es llevado adelante por la actual FSSPX. Esto ha debido ser así de tortuoso y ambiguo debido a la tenaz resistencia interna que este movimiento acuerdista ha encontrado en la congregación. Mons. Fellay y sus adláteres saben que no pueden ser totalmente abiertos y frontales en la admisión de su Acuerdismo (llamamos Acuerdismo al deseo de reintegrar la FSSPX dentro de la actual estructura de la Iglesia oficial o iglesia conciliar sin que ésta haya abjurado del modernismo y regresado a la Tradición, contra el deseo y final determinación del fundador de la congregación Mons. Lefebvre).

Es este el Acuerdismo “para el uso de los que no consienten todavía en dejar de parecer o creerse” de la Tradición. Es el liberalismo de quien desea pertenecer a ambos mundos inconciliables: la Tradición católica y la iglesia modernista. Por eso su discurso alterna las citas de los papas católicos preconciliares, con la condena a quienes “hacen de los documentos del Vaticano II super herejías”.

“Es el liberalismo –dice Sardá y Salvany-, triste crepúsculo de la verdad que empieza a obscurecerse en el entendimiento, o de la herejía que no ha llegado aún a tomar completa posesión de él”.

Como si estuviese viendo lo que pasa hoy con la nueva FSSPX, afirma este autor que “en efecto, suelen ser católicos liberales los católicos que van dejando de ser firmes católicos”. Y esto ocurre aunque las apariencias se mantengan. Este ingeniosísimo y sutil medio que usa el Diablo, como enseña aquel gran autor antiliberal, es “permitir que los tales tengan todavía un pie en el terreno de la verdad, a condición de que el otro pie lo tengan ya completamente en el campo opuesto. Así evitan el saludable horror del remordimiento los todavía no encallecidos de conciencia; así, además, se libran de los compromisos que trae siempre toda resolución decisiva los espíritus apocados y vacilantes, que son los más; así logran los aprovechados figurar, según les conviene, un rato en cada campo, haciendo por aparecer en ambos como amigos y afiliados; así puede, finalmente, el hombre dar como un paliativo oficial y reconocido a la mayor parte de sus miserias, debilidades e inconsecuencias” (Ibid.).

Lo que ha venido a ocurrir con estos acuerdistas disimulados o mitigados es que ya no tienen horror y asco por las herejías, por el contrario, toda definición firme, chocante y afrentosa para con los herejes les produce incomodidad y rechazo, como si eso fuera una falta a la caridad. Por eso si por un lado Mons. Fellay en su última Carta a los amigos y benefactores hace afirmaciones contra el modernismo del Vaticano II, anteriormente fue capaz de decir con la misma determinación que “no hay que hacer de los errores del concilio súper herejías” (Carta a los tres obispos). Lejos de los tradi-liberales o semi-acuerdistas el odio a la herejía que los haga reaccionar con el gesto viril correspondiente. Una moderación imprudente es su carta de presentación. El diálogo con los enemigos y la aceptación a discutir lo que no se debe, su modo de afirmar su iluso “optimismo”.

Muy lejos de ellos han dejado sentencias como las de Sardá y Salvany: “¡Horror, pues, a la herejía, que es el mal sobre todo mal! En país apestado lo primero que se procura es aislar. ¡Quién nos diese hoy poder establecer cordón sanitario absoluto entre católicos y sectarios del liberalismo!” (Ibid., Cap. XIX). Ese cordón sanitario fue roto con el levantamiento de las “excomuniones” por parte de Roma, y el correspondiente movimiento dialoguista por parte de la FSSPX. Alguna vez, y antes de que ocurriera, el mismo Mons. Fellay admitió la ventaja que ante los enemigos tenían las falsas “excomuniones”. Luego vino todo lo que ya sabemos, con Mons. Fellay como el abanderado de la sonriente “pax romana” y condenando la “excesiva rigidez reprensible” de algunos de sus sacerdotes.

Pero dijimos que hace falta reconocer a un católico liberal, y para eso cabe distinguir algunas de sus señas particulares, las cuales no vendrán simplemente indicadas por su solo aspecto exterior, sino más bien por su discurso y su comportamiento. En otro escrito, titulado “Los malos periódicos”, el P. Sardá y Salvany hace un análisis pormenorizado del “periódico liberal hipócrita hábil”, que muy bien le cabe a los liberales que estamos analizando dentro de la FSSPX, y en particular a Mons. Fellay y su discurso. Quien analice sus conferencias, entrevistas y sermones atentamente se dará cuenta de ello.

Dice aquel gran autor (y subrayamos nosotros): “La máscara del periódico hipócrita hábil suele ser en primer lugar la moderación. Vean Vds.: es moderado, templado y comedido hasta en la defensa de su fe atacada con frenesí y furor por sus enemigos. En el asalto de una combatida fortaleza él no se pondría de parte de los sitiadores, no, mas se limitaría a recomendar la calma, la moderación y la templanza a los combatidos. A los primeros no les vituperaría la fiereza del ataque; ¿por ventura no están en su derecho legal? Pero a los defensores les tacharía de execrable sinrazón el vigor de la defensa. (…)
El tipo que estoy sacando a la vergüenza suele tener, en segundo lugar, una palabrita que es la clave de todas sus operaciones y el secreto de todos sus equilibrios en la cuerda floja. Esta palabra dulce, blanda, acomodaticia, es la gran palabra de hoy, la gran palabra del siglo, la palabra compendio de todo el sistema filosófico de ciertas gentes. Esta palabra no es nombre, ni es verbo; es una simple conjunción, que ningún gramático reaccionario hubiese soñado llegase a tener con el tiempo tal importancia. Esta palabra mágica es el pero. Un pero, soltado a tiempo y con habilidad, es el admirable comodín con que se sale de todos los apuros y se contenta a todo el mundo. Con él se puede hacer, no como Jano, cara a dos, sino cara a ciento, como no imaginó jamás la mitología. Con un buen pero se unen cosas al parecer perpetuamente irreconciliables, como son el espíritu católico y el espíritu revolucionario, el amor a la Iglesia y el entusiasmo por sus opresores, etc. Se puede decir, como se decía no ha mucho: El Papa está en su derecho de convocar el Concilio, pero no conoce que los tiempos no están para eso. Lo de Víctor Manuel es una villanía, pero el Non possumus del Papa es una terquedad. La Iglesia ha sido la gran civilizadora del mundo, pero en el siglo actual no debiera oponerse a la corriente de las ideas. La unidad católica es gran bien, pero no por eso queremos la intolerancia. ¿Quién no ha leído estas y otras frases por el estilo? ¿Quién no conoce a alguno o algunos de estos periódicos sabios, que se erigen en intermediarios y amigables componedores entre la Iglesia y Satanás, dando lecciones al uno y otro, y lamentando melodramáticamente que por no seguir sus prudentes consejos se perjudique a la causa de la fe, que ellos indudablemente defenderían mejor que los mismos encargados de defenderla? ¿Qué es un catolicismo con peros sino un catolicismo que es un catolicismo mutilado, sino un catolicismo falso? ¡Maldito pero, gran encubridor de traiciones y apostasías!” (“Los malos periódicos”, artículos publicados en “Propaganda católica”, T. II).

Sí, amable lector, allí está la marca que deja a su paso tras largas, larguísimas disertaciones en los principales idiomas del mundo, Monseñor Fellay. Allí está su truco para anestesiar a los incautos o indolentes oyentes, aunque su habilidad está en no siempre articular la palabreja y su sentido sino después de variaciones distractivas ya sea mediante anécdotas o datos estadísticos que vuelven más farragoso y disperso su discurso. A veces no hace falta que use la palabra, sino solamente su sentido de otra forma. A veces puede decirse “sin embargo” o algo semejante. Lo importante es que tal sirva de nexo para unir cosas inconciliables, principios o actores contradictorios que por una hábil retórica se logra unir y conciliar. Veamos:

Humanamente hablando, dudamos de que la jerarquía actual esté dispuesta a ello*. Pero una serie de indicaciones muy graves nos obligan a pensar que, no obstante, el Papa Benedicto XVI estaría listo para ello” (Cor unum 101, marzo 2012).

*”Que se le conceda a la Fraternidad una verdadera libertad y autonomía de acción, y que éstas le permitan vivir y desarrollarse concretamente”


“Así pues, hemos recibido una propuesta que trataba de hacernos entrar en el sistema de la hermenéutica de la continuidad. Ésta afirma que el Concilio está y debe estar en perfecta armonía con la enseñanza de la Iglesia a través de todos los tiempos (…) Por primera vez el 1º de diciembre, y por segunda vez el 12 de enero, comunicamos a Roma la imposibilidad en que nos encontramos de firmar un documento que contiene tales ambigüedades. (Pero) Con el fin de no cortar todos los contactos, hemos propuesto una alternativa, inspirados en un pensamiento que Monseñor Lefebvre dirigió al Cardenal Gagnon en 1987: aceptamos ser reconocidos TAL COMO SOMOS. Es importante no dejar de tener relaciones y mantener la puerta abierta, incluso si nada nos permite pensar que la Congregación para la Doctrina de la Fe estaría de acuerdo en abordar, así sea de lejos, una tal perspectiva.” Cor unum 101, marzo 2012).


Si aceptamos que la Divina Providencia conduce los asuntos de los hombres, respetando su libertad, entonces hay que aceptar que los gestos de estos últimos años a nuestro favor están bajo Su gobierno. Estos indican una línea –no siempre recta- pero claramente a favor de la tradición (Carta a los tres obispos, 14 de abril de 2012).


Por el bien común de la Fraternidad, preferiríamos de lejos la solución actual de status quo intermedio, pero evidentemente Roma ya no lo tolera.” (Carta a los tres obispos, 14 de abril de 2012).


“La Iglesia sufre de los mismos males, las consecuencias son todavía más graves y manifiestas que en aquel entonces, pero al mismo tiempo se puede constatar un cambio de actitud en la Iglesia, ayudado por las acciones y los gestos de Benedicto XVI hacia la Tradición. (Carta a los tres obispos, 14 de abril de 2012).


“Así, por ejemplo, respecto al Concilio, podemos decir que hay que rechazar prácticamente todo. Sin embargo, de otra parte, podemos decir igualmente que hay que intentar salvar lo que podría serlo. Con todo, no todos podremos decir siempre la misma cosa. El Concilio es una mezcla: hay bueno y malo”. (Entrevista concedida en Menzingen el 31 de julio de 2012, Agencia italiana Apcom).

“¡Todavía no estamos de acuerdo doctrinalmente, y sin embargo el Papa quiere reconocernos! ¿Por qué? La respuesta es ésta: hay problemas tremendamente importantes en la Iglesia de hoy. Debemos hacer frente a estos problemas. Debemos dejar de lado los problemas secundarios y hacer frente a problemas mayores. Esta es la respuesta de tal o cual prelado romano, pero no lo dirán jamás abiertamente; hay que leer entre líneas para entender”. (Entrevista a Mons. Fellay del 6 de junio 2012, DICI)


“Las autoridades oficiales no quieren reconocer los errores del Concilio. Ellas no lo dirán nunca de manera explícita. Sin embargo, si leemos entre líneas, se puede ver que quieren remediar a algunos de estos errores”. (Entrevista a Mons. Fellay del 6 de junio 2012, DICI)


“Por supuesto, esto no elimina todos los problemas, y todavía hay graves dificultades en la Iglesia: el ecumenismo, Asís, la libertad religiosa… pero el contexto está cambiando; y no sólo el contexto sino la situación misma…” (Entrevista a Mons. Fellay del 6 de junio 2012, DICI)


“Por supuesto que lo mejor sería que Roma renunciara a los errores conciliares, regresara a la Tradición y únicamente después, sobre esta base, la Fraternidad obtuviera automáticamente un estatus canónico regularizado en la Iglesia. Sin embargo, la realidad nos incita a no hacer depender un eventual acuerdo de una gran autocrítica de Roma, sino de una atribución de garantías reales que Roma, tal cual ella es, permitiera a la Fraternidad permanecer tal como es”. (Mons. de Galarreta, entrevista en Polonia, 7 abril 2013).


“Porque es imposible que a la mayoría de los Superiores de la Fraternidad –después de una discusión franca, un análisis de fondo de todos los aspectos, de todos los pormenores-, es impensable que la mayoría se equivoque en una materia prudencial. (Pero) Y si, por casualidad, lo imposible sucede, entonces que así sea, de todos modos, vamos a hacer lo que la mayoría piensa”. (Mons. de Galarreta, sermón en Villepreux, 13 de octubre de 2012).


Nos alegramos y agradecimos ese decreto, precisamente en cuanto nos quita ese estigma, en cuanto nos quita ese estigma, en cuanto quita esa condenación a lo que representamos, que es la verdadera Tradición católica, que es la verdadera Fe católica. Y ese primer aspecto allana el camino para que podamos discutir sobre doctrina, sobre Fe, con esta Roma” (…) (Pero) Ahora, que nos alegremos de eso no quiere decir que el decreto en sí mismo nos parezca bueno. Es evidente que ese decreto no responde ni a la realidad, ni a la verdad, ni a la justicia” (Mons. De Galarreta, Sermón en el Seminario de La Reja, 15 de enero de 2009. Nótese que ¡se alegra de discutir de doctrina con alguien que emite un decreto al que él mismo califica de irreal, injusto y mentiroso! ¿Qué confianza o qué podía esperar de esa gente? En este caso, se concilian dos cosas opuestas por un motivo de “caridad” que excluye la verdad).


Estos acontecimientos sugirieron a Monseñor Fellay dejar de lado el principio que guio las negociaciones con Roma. Este principio era: “ninguna solución práctica sin acuerdo doctrinal”. Pero los acontecimientos pasados probaron que las diferencias relativas a la cuestión doctrinal no pueden ser resueltas. El papa quiere una solución canónica para la FSSPX… Si la Fraternidad rechaza un acuerdo, incluso en estas circunstancias, el resultado podría ser nuevas excomuniones". (Conferencia del padre Niklaus Pfluger, en Hattersheim, el 29 de abril de 2012)


Estas no son textuales pero sintetizan lo que se nos ha venido diciendo en montones de discursos o sermones de los superiores y sacerdotes:

-Las excomuniones son inexistentes, pero si las levantan lo aceptamos y agradecemos porque así podremos extender nuestro apostolado.

-El motu proprio Summorum Pontificum declara que el modo ordinario del rito romano es el Novus Ordo. Pero lo aceptamos y agradecemos porque también da lugar a que se pueda rezar libremente la Misa tradicional.

-Las discusiones doctrinales no llevaron a ningún acuerdo. Pero Roma igualmente quiere ofrecernos algo así que debemos escucharlos.

-El Papa no nos dio ni el acuse de recibo de nuestros ramilletes de rosarios. Las discusiones doctrinales fueron como si no hubiesen sido. Siguen los efectos del Vaticano II. Pero el clima cambió y tenemos amigos en Roma, por lo tanto tenemos que cambiar nuestra actitud para con ésta.

-En Roma sigue el modernismo, incluso peor que antes con Francisco. Pero si el Papa quiere reconocernos como somos ¿cómo no aceptarlo?

La táctica es siempre la misma: avanzar con afirmaciones católicamente impecables, citando a veces a Mons. Lefebvre, para en un momento dar un paso atrás poniendo el énfasis en algo que no es doctrinal, haciendo ver que tal posibilidad entrevista sería un gran bien para la Fraternidad. Mons. Fellay se seguirá valiendo de vaguedades, incertidumbres y palabras “pías” para enhebrar sus discursos donde subyace la misma idea de siempre, cada vez más lejos de las afirmaciones claras de los varones católicos que nos precedieron, esparciendo sus convenientes nebulosidades ante la obsecuente tribuna de descuidados hombres de Dios que ya no parecen reconocer y distinguir el lenguaje coherente de la verdad, que no lleva en sí contradicción alguna. Dios quiera que abreven más en los escritos antiliberales de aquellos cuyo ejemplo debemos seguir. El fundador de la FSSPX por la que dicen luchar, por ejemplo.