lunes, 27 de enero de 2014

TRIUNFALISMO Y CONSTANTINISMO – PADRE BERTO





¡Nos reprochan nuestro ‘triunfalismo”, como han inventado llamar! ¡Y dicen que quieren hacer “la Iglesia de los pobres”! ¿Qué saben de los pobres?, ¿qué saben si los pobres no tienen necesidad de eso que ellos llaman nuestro “triunfalismo”, ellos hombres de gabinete y de universidad, de libros y de inventarios, de conferencias y sesiones? Yo no les reprocho que lo sean. Es necesario que en la iglesia haya grandes catedráticos, que haya sabios y de primer orden, que en su especialidad pue­dan estar al nivel de los más grandes sabios de las ciencias. Lo que les reprocho es hablar de lo que no conocen y de hablar sobre ello “irrealmente”. Se han fabricado una idea del pobre, tan irreal como todas sus ideas; les falta el conocimiento del pobre y se han vuelto incapaces de tenerlo porque el espíritu de sistema los domina, y éste es cerrado y encerrado en sí mismo a tal punto que para que los hechos tales como son no los contradigan deciden que sean diferentes de lo que son. No se apoya sobre la realidad, como tampoco la reali­dad puede encontrar sustento en él. La realidad no ejerce más sobre él la función rectificadora, que sólo ella puede cumplir; de resultas la razón que debiera razonar, delira acerca de los pobres, como delira sobre todo lo demás.

Ellos, por lo tanto, han decidido: que la Iglesia será “La Iglesia de los pobres”, cuando el Papa no se presente más en la silla gestatoria, cuando los obispos no se revistan más de ornamentos de valor, cuando la misa sea celebrada en lengua vulgar, cuando el canto gregoriano sea confinado en los museos y cosas por el estilo, -es decir cuando los pobres sean privados de la belleza litúrgica, única belleza que les es gratuitamente accesible, y al mismo tiempo que se entrega a ellos sin perder nada de su trascendencia; cuando las ceremonias de la Iglesia, vulgarizadas, trivializadas, no evoquen ya más para ellos nada de su gloria del cielo, ni los transpor­ten ya a un mundo más elevado, no los levanten más por encima de ellos mismos; cuando la Iglesia, en fin, no tenga ya más que pan para darles, - mas, Jesús dijo que no sólo de pan vive el hombre.

¿Quién les ha dicho que para los pobres está de más ofrecerles belleza? ¿Quién les ha dicho que respetar al pobre no incluye también que se les ofrezca una religión bella al par que se les propone una religión verdadera? ¿Quién los vuelve tan insolentes con los pobres hasta negarles el sentido de lo sagrado? ¿Quién les ha dicho que los pobres ven mal que un obispo presida una procesión con el báculo en la mano y la mitra en su cabeza y se acerque a ellos para bendecir a sus pequeños? ¿Fueron acaso los pobres quienes se es­candalizaron protestando por el despilfa­rro cuando María Magdalena derramó el nardo sobre la cabeza de Jesús llegando a quebrar el vaso para no reservar nada de su perfume? ¿Quién les ha dicho, sobre todo, que despojando a los obispos de los signos litúrgicos de su autoridad, los sacer­dotes se acercarán a los pobres de manera más acorde con el Evangelio? ¿Quién les ha dicho que las honras exteriores debidas a los obispos no son una garantía sin la cual la evangelización de los pobres, ante sus propios ojos, no tendría ninguna señal de autenticidad, y sin la cual la evan­gelización de los humildes no sería en sí misma suficientemente humilde al no te­ner el carácter de una misión recibida de una autoridad visiblemente superior, sino el exterior de una empresa de un predica­dor particular?

Se destruye, se saquea, se devasta sin ninguna preocupación por esas reali­dades aprobadas durante siglos; creen que preocuparse por ello sería lo que han dado en llamar “triunfalismo”, y han decidido que el “triunfalismo” es el último de los crímenes, idéntico a lo que también ellos llaman “constantinismo”: reclamar del po­der secular para la Iglesia algún reconoci­miento de sus derechos. ¿Cómo es que aquello que fue un deber perfectamente claro, incansablemente sostenido ha veni­do a convertirse en un crimen? La respuesta señala al espíritu de sistema, que está perfectamente organizado, coherente como una geometría, al cual nada le falta sino solamente ser verdadero, pero que en este momento, en Roma, durante un Con­cilio ecuménico, es el único que tiene derecho a ser escuchado, el único pública­mente expuesto. Nosotros hemos visto sus comienzos, hace justamente veinte años.

Correspondencia del Padre Berto (teólogo de Monseñor Lefebvre durante el Concilio).

Triunfalismo y constantinismo: expresiones forjadas en ocasión del Concilio. La primera, “triunfalismo", tiende a volver sospechoso o ridícu­lo el celo en desarrollar el esplendor del culto divino, de lo cual la Iglesia felicita a San Luis (secreta del 25 de agosto).

La segunda, “constantinismo”, deriva del nombre de Constantino, primer emperador roma­no que después de doscientos cincuenta años de persecución legalizada, reconoció a la Iglesia, por el Edicto de Milán (313), la libertad de cumplir su misión. Con esa denominación se tiende a impedir la ayuda temporal que la Iglesia Católica, única verdadera Iglesia de Cristo, está en su derecho de reclamar y aceptar de las autoridades civiles, para facilitar la vida cristiana y la salvación eterna de los pueblos, sobre todo de los pequeños y de los pobres: “que Vuestra Iglesia no sea jamás privada de la ayuda temporal y que ella extienda sin cesar sus conquistas espirituales’ (oración de Santo Do­mingo). Al instituir la festividad de Cristo Rey en 1925, Pío XI quería recordar cada año, a los católicos la obligación de conservar o de restablecer como cristianos todos los estamentos sociales de la ciudad.